El escarabajo al que llaman el Mochoman, a más de 56 kilómetros por hora - Mis Noticias Mx

El escarabajo al que llaman el Mochoman, a más de 56 kilómetros por hora

CIUDAD DE MÉXICO.- A Juan José Florián (Juanjo) se le da la charla fácil, franca. Exsoldado colombiano y hoy ciclista paralímpico, contesta el teléfono y narra su incursión a la milicia, su lucha contra las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), la explosión que le arrebató sus extremidades y un ojo. También platica su sueño de competir en los Juegos Paralímpicos de Tokio 2020 como un auténtico escarabajo. Un ciclista que se las ingenia para acelerar a más de 50 kilómetros por hora.

Yo nací en el departamento de Antioquia y crecí en una finca llamada Meta. Me crié en el campo con vacas y viví el conflicto colombiano contra las FARC. Ellos ponían las leyes y normas y cobraban impuestos a los dueños de las fincas. Cuando llegó el ejército todo cambió. Jugábamos en los potreros, pero a las seis de la tarde teníamos que encerrarnos. Todo cambió con los soldados que nos recibían con dulces.

Cuando cumplí los 18 años hice mi servicio militar durante 22 meses (2002) y después seguí como soldado durante siete años. Enfrenté a la guerrilla en el sur del país, demasiado narcotráfico. Mucha presencia de los señores de las FARC, combates a diario. Mucha influencia del narcotráfico, con campos minados.

En 2011 los señores de las FARC pusieron un explosivo en el patio de la casa de mi mamá, porque la señora no pagaba la extorsión. Llegué curioso, tomé la bolsa y explotó. ¡Pum! Desaparecieron mis brazos, mi pierna derecha y la visión del ojo derecho. Duré 12 días en coma. Hospitalizado, cinco meses. Luego me trajeron a rehabilitación a Bogotá, con sicólogos y siquiatras. Me tuvieron todo el tiempo medicado.

Yo quería morir. Fue un golpe muy duro. No entendía quién había tomado la decisión de salvarme. Ya no tenía sentido la vida sin manos y sin una pierna. Me mantenían dopado. Después, crisis de dolor y tristeza. Reclamarle a Dios.

En el batallón me reunieron con más soldados amputados y eso me tranquilizó un poco. Unos 300 lesionados. Entre todos se apoyaban y se ponían apodos. Un día fui por unos medicamentos y un grupo de soldados mochos (así se llamaba el batallón) me bautizaron como ‘elcuartodepollo’. Los muy berracos. Más que fastidiarme, me sentí parte de ellos.

Me ayudó tanto, que me fui a vivir al batallón. Me fui rehabilitando y dejé el duelo atrás. Poniendo apodos a los demás y jodiéndonos entre otros cuartos de pollo”.

En la rehabilitación había albercas y nos metíamos a jugar. Nunca me gustó el deporte, pero conocí amputados que nadaban rápido y ganaban medallas en Londres 2012. Después quise probarme ante ellos, pero me ganaban. Hasta una niña con distrofia muscular me ganaba. Yo decía que cómo esa peladita me iba a ganar a mí. Entonces empecé a entrenar mañana y tarde. Los domingos al gimnasio. Dándome golpes en la piscina y tragando agua. Mi evolución fue tan buena que conseguí la segunda mejor marca en mi categoría en 50 mariposa. También nadé 100 y 200 libres, 50 espalda y 200 combinado.

Me convertí en una referencia en mi país. Vivía en la piscina. En Estados Unidos gané mi primera medalla de oro, pero me desilusioné porque no era de ese metal. Alguien me dijo que las verdaderas de oro son las olímpicas y entonces me entró el gusanito de buscar ese sueño. También me dijeron que el deporte no te da para vivir y entonces me metí a estudiar sicología.

Atendí más la universidad que el deporte y pronto me di cuenta que algunos compañeros de natación viajaron a los Paralímpicos de Río de Janeiro 2016. Un día, estudiando a Freud, vi en la TV que un amigo colombiano ganaba una medalla en los 100 metros y me dio envidia. Cómo es que yo no llegué si nadamos juntos. Volvió entonces ese espíritu deportivo y dije ‘yo quiero lograrlo’. Aunque ya no pensaba en la piscina”.

                        ***

De niño montaba en bicicleta para hacer los mandados. Ahora lo miraba imposible. No se le olvide que el que le platica esto tiene sólo una pierna y un ojo. Cogí la bicicletica de mi hermana y le pedí a un amigo que me amarrara a los manubrios. Usted está loco, amigo, me dijo. Me llevaba agarrado como niño y le pedí que me soltara. Así comencé.

Lo difícil fue encontrar quién modificara mi bicicleta. Busqué muchos laboratorios y todos me dijeron que no. No se atrevieron a reinventarse. Una bicicleta para una persona sin manos y un solo pie. Hasta que encontré a don Pedro Fonseca. Le conté mi caso. Me echó una historia de que hace poco le había llegado un señor con un reto. Que a su caballo le tuvieron que amputar una manita, pero que no quería sacrificarlo. Le contestó que no sabía hacer prótesis para caballo, pero que iba a intentarlo. Se la hizo y la bestia caminó. Me respondió que si fue capaz de hacer caminar a un caballo, a mí me iba a montar en una bicicleta.

Como pude, le hice unos dibujos de lo que quería y nos funcionó. Quiero llegar a Tokio 2020, le dije. Me armó una bicicleta especial, en la que los cambios y los frenos los acciono con la boca. En ciclismo me certificaron como ciclista C1, soy el único en Colombia con esa clasificación. Busqué apoyo y competí en Holanda. Uno no se hace campeón de la noche a la mañana.

Soy un hombre que ha tocado muchas puertas. No me rindo. Hago también rodadas con la gente para apoyarme económicamente. Aquí en Colombia me conocen como Mochoman y recibo mucha ayuda del pueblo para seguir perfeccionando mi bicicleta.

Le llamé la atención a muchos ciclistas. En 2018 un señor me regaló un cuadro ligero para armar otra bicicleta más liviana. Me acerqué a una base de la fuerza aérea colombiana y le platiqué mi sueño al coronel. Son expertos en fabricar aviones y repararlos. No se limitaron, tomaron moldes, buscaron en internet y mejoraron cosas. Modificaron una bici de 15 kilos y la dejaron en nueve. Otra aerodinámica.

Ahora sigo mi entrenamiento (70 kilómetros diarios) y busco mi clasificación para Tokio 2020. Sigo con el sueño”.

Comments are closed.